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2 de septiembre de 2013

La respuesta

El ruido que haces al caminar es lo que te hace detestable, le dijo él. Ella, sin poder disimular molestia, comenzó a correr. Se detuvo unos minutos después, ya bastante tranquila.

23 de noviembre de 2011

La novia (de cuando las paredes oyen)

Después de muchas horas pensativa frente al espejo, la mujer dijo con voz firme: "Estoy embarazada". Luego, con voz débil, con miedo, abrió de nuevo su labios para decir: "Antonio, estoy embarazada". Nunca imaginó que aquellas palabras serían su sentencia de muerte: en una casa tan grande como aquella siempre hay alguien escuchando.

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A la mañana siguiente, el día de su boda, mientras se ponía su vestido blanco con flores, la mujer no había repetido las palabras que había dicho la tarde anterior frente al espejo, no se había encontrado en valor. Sin embargo, alguien más sí lo había tenido y pasaron por algunos oídos hasta llegar a uno de corazón orgulloso, pasaron a una mente fría y se deslizaron hasta unas manos sigilosas para convertirse en veneno vertido en una copa...

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Aquella tarde nadie pisó el altar, nadie dijo un "sí, acepto". Nadie alzó ninguna copa. Las lágrimas que rodaron no eran de felicidad. Los trajes de fiesta se convirtieron en trajes fúnebres. Y el beso al final de una ceremonia, se convirtió en el del final de una vida sobre unos labios sin ella.

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Días después colocaron el mausoleo sobre la tumba de la mujer. El esposo que nunca llegó a ser, quiso que se colocara una copia de la imagen de la mujer el día de la boda, la que jamás se llevó a cabo. Como epitafio se escribió simplemente: "Te amaré por siempre. Armando."

30 de agosto de 2011

Soy la imaginacion de alguien

Soy la imaginación de alguien. Un día un hombre hizo algunos trazos de un rostro sobre una servilleta mientras almorzaba y eso se convirtió en mi cara. Otro día, una mujer embarazada, pensaba en como llamaría a su hijo, desechó algunos nombres y uno de ellos se convirtieron en el mío. Llegué al mundo sin llegar, existí de una forma inexistente.
Un niño de una caricatura jugaba al fútbol y eso convirtió en mi infancia. Crecí con pelotas que no rodaban pero con las que se podía marcar un gol desde cualquier lugar del planeta.
Años más tarde un joven salía a recorrer el mundo, pensando en diversos caminos, tomó uno y descartó el resto. Uno de ellos fue el mío, y con él forjé mi vida, cantando en silencio, tocando guitarras sin cuerdas para los corazones sordos sin latidos.
Hombres frustrados tiraron al olvido una vida de sueños… sueños que hice míos, que construí en el aire, de la nada: construí una casa sin paredes y la habité sin estar nunca en ella. De esa forma dejé los caminos y guardé mi guitarra.
Sin embargo, descubrí que las personas poco a poco habían dejado de usar su imaginación y mi existencia corría peligro. Sentía que cada día me desvanecía o desparecía incluso por pequeños periodos de tiempo. Sentí que esos sueños de nadie que tenía guardados bajo la almohada se iban esfumando poco a poco. El aire se volvió grueso, algo casi sólido…
Fue entonces que decidí buscar de nuevo mi guitarra sin cuerdas y recordar aquellas canciones mudas. De nuevo canté por los caminos, haciendo latir los corazones ausentes de los pechos. Pero yo estaba condenado a la muerte… sin siquiera haber existido: nadie quería ya imaginar, correr el riesgo, soñar.
Regresé a mi casa ausente, como un condenado a muerte. Pasé horas de desvelo, sufriendo mis últimas horas alegres. Me sumergí, en un estado de depresión. De haber tenido un corazón real, éste se habría detenido en cualquier momento. Fue entonces que sucedió, que alguien en algún lugar pensó en un ser alimentando la imaginación del Mundo y de inmediato descartó la idea, para que yo pudiera hacerla mía. Imaginé entonces un hombre que recorrería los caminos escuchando a quienes, con una guitarra sin cuerdas en mano, cantarían en silencio para corazones sordos sin latidos, alimentando de esa forma su propia imaginación, para que yo pudiera seguir existiendo sin existir…

23 de agosto de 2011

El corazón


Después de mucho pensarlo decidí deshacerme de mi corazón. Había pasado por muchas situaciones dolorosas últimamente: tropiezos, golpes y traiciones. Lo mejor era buscar uno nuevo o simplemente vender el actual.
Hay un pequeño mercado a unas cuadras de aquí donde se pueden hacer ese tipo de cosas. La gente llega ahí y ofrece lo que tenga, buscando algo mejor para ellos o, simplemente, vender para cambiar de vida. Era común, por ejemplo, que llegara alguien a ofrecer algunos dedos, aunque no le ofrecían gran cosa por ellos. También llegan con cierta frecuencia personas a vender su cerebro exigiendo, eso sí, que se le pagara por anticipado. Luego les era fácil ingresar al mundo de la política.
Así que una mañana me dirigí al pequeño mercado. Aún no tenía muy claro si venderlo por algunas monedas o simplemente cambiarlo por alguno en mejores condiciones. Sin embargo, fue inútil: pasé casi tres horas preguntando en todos los puestos y no tenían nada que me interesara. Me ofrecían muy poco, a mi forma de ver, por mi corazón y si querían cambiarlo, sólo tenían corazones en muy mal estado, quizás de algunos chicos emo.
Finalmente decidí dejar el mercado y probar suerte otro día; sin embargo, un hombre me llamó desde un pequeño local frente a la salida. Era un tipo, evidentemente, acabado por la vida. Usaba muletas por la falta de su pierna izquierda, un ojo de vidrio y una media barba. Escuché que quieres deshacerte de tu corazón, me preguntó. Le expliqué que aún no sabía qué hacer con él, que me vendría bien el dinero pero que un corazón en mejores condiciones sería atractivo para mí.
Mire, me dijo el hombre, yo no tengo dinero y los corazones se me han acabado, pero puedo ofrecerle algo que le podría gustar. En un primer momento pensé que me ofrecería un cerebro, pero pronto saco una caja preciosa que contrastaba con las ruinas en las que se encontraba el local. Al abrir la caja pude ver un aparato muy parecido a un reloj con todas sus agujas en movimiento, a excepción de una cuarta. El aparato quedaba perfecto en mi pecho.
El hombre me dijo que aquello era un sustituto de un corazón pero mejor, pues no permitía la entrada de sentimientos. Sin dudarlo hice trato con el hombre de la muleta.*
Aquella tarde salí de aquel local contento, sólo que no sabía que lo estaba. Veía la vida como antes, sólo que en matices grises.
Regresé a mi casa, a mi trabajo, a mi vida. Pero la vida tiene algo de maldad para cada uno de los que la viven: ojos negros como la noche, piel blanca como la luna y estrellas en cada palabra. Se llamaba Cynthia y era a la única persona a la que podía ver totalmente a colores.
La conocí en una cafetería cierta mañana, apenas unas semanas después de haberme deshecho de mí corazón. Claro, no sentía nada por ella, pero quería hacerlo: sonreír con ella mientras servía el café o entender esas canciones que tarareaba mientras se dirigía de un lado a otro de la cafetería atendiendo a los clientes. Tenía un olor a vainilla y le gustaba usar vestidos de colores alegres.
Pasé muchos años visitando la cafetería para verla, queriendo sentir algo por ella. No tenía sentimientos que me motivasen a hablar con ella más de lo requerido. Pero el tiempo pasa y no lo hace en vano: una noche fatídica, mientras cenaba, escuché que ella iba a casarse. Como era obvio, no sintió nada pues el aparato en su pecho seguía funcionando a la perfección. Pero algo me movió a dejar su comida y dirigirse hacia el pequeño mercado donde años atrás intercambié mi corazón. Ahí, frente a una de las salidas del mercado, aún estaba el local donde un hombre, con muletas y un ojo de vidrio, me había colocado en el pecho el aparato nefasto parecido a un reloj.
El lugar estaba abandono y parecía que había estado así por años. Me quedé sentado en la cuneta como esperando una respuesta, hasta que una anciana se acercó y se sentó a mi lado. Yo lo recuerdo, me dijo.
“Usted vino hace algunos años a cambiar su corazón, ¿verdad? Veo que el aparato que le pusieron ha funcionado perfectamente, su cara no ha envejecido mucho”, continuó la mujer. Curiosamente, algo en ella me inspiraba confianza y le conté lo que me había sucedido. Ella escuchó con atención sin mostrar sorpresa alguna. Cuando terminé, le mujer me dijo:
“El hombre al que usted le intercambió su corazón se fue de aquí meses después, quizás años. Antes de irme me entregó la llave de este local y me dijo que usted regresaría. Quítese la camisa, por favor”. Yo obedecí sin pensar mucho. Ella continuó, señalando el aparato de mi pecho: “Las primeras tres agujas controlan las dimensiones del espacio, pero la aguja sin movimiento es el tiempo. Con ella usted podrá viajar en el tiempo, a cambio de un sacrificio no voluntario. Usted ya imagina lo que tiene que hacer, yo ya cumplí. Lo que quiere sentir sólo podrá hacerlo con su corazón original, pero le advierto: pasará años tratando de recordarla”. Me entregó la llave del local y luego se fue.
Entré decido al local, con el dedo sobre la aguja inmóvil, dispuesto a dejarlo todo. Segundos después luces blancas salieron del viejo local y, luego, el silencio completo.
Así me senté a esperar, consciente del sacrificio que tendría que pagar; a esperar por un hombre que, después de mucho pensarlo, decidiría deshacerse de su corazón. Así me senté a esperar, acompañado únicamente por un ojo de vidrio y un par de muletas.
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Esta es una idea que tiene sus días. La dinámica consistía en iniciar un cuento y enviarlo a otros blogueros para que idearan un final. Además de mí, 3 blogueros más escribieron un final, los cuales inician desde el asterisco (*).
Por el momento han publicado KR, con Perderlo todo para ganar, y Walter, con Corazón original (Parte I).

18 de agosto de 2011

La chalateca

Me pasó por la cabeza que ya no me quería el día en que me echó de la casa. En realidad no sé si me echó,  simplemente encontré la puerta de la casa con otra cerradura y algunas de mis cosas en una caja. Aquel día decidí subir por el techo y entrar por la puerta del patio. Esa noche ella llegó muy tarde y no pude hablar con ella para preguntarle la razón del cambio de cerradura, pero asumí que había olvidado avisarme y darme copia de la llave.
Al día siguiente encontré una nueva cerradura y al querer entrar por la puerta del patio la encontré con tranca. Me quedé esperándola, sentado en el carro; sin embargo, como no regresaba, decidí irme a la casa de un amigo cercano.
Regresé nuevamente al siguiente día. Esta vez pude entrar por la puerta del patio. Encontré dentro de la casa una camisa casual que, asumo, me había comprado. Era usada y tenía labial en el cuello, además de un fuerte olor a Pino Silvestre. Lo que me pareció raro fue un recibo de una farmacia donde habían comprado preservativos el día anterior. Seguramente hubo alguna confusión. Lavé la camisa y resultó ser un par de tallas más grande de las que yo uso.
Me quedé dormido y, al despertar, no encontré las llaves del carro. Tampoco estaban ni ella ni la camisa que había dejado secando detrás de la refrigeradora. Me tocó irme en bus.
Al salir del trabajo esa misma tarde, en lugar de irme directamente a la casa, decidí pasar por su oficina. Me dijeron que se ya se había ido y me preguntaron si el precio al que estaba vendiendo mi carro era negociable. Aparentemente mi carro estaba en venta y yo no lo sabía.
Comencé a atar cabos: sí me había comprado una camisa usada y estaba vendiendo mi carro, además de tener tres meses sin hablarme, la única explicación era que teníamos problemas económicos y, en su buen corazón, no había querido decirme nada. Decidí entonces preparar todos los documentos no sólo para que pudiera vender mi carro con total libertad, sino que también pasé la casa a su nombre. Vendí mis corbatas en los buses, y así le dejé todos los documentos y algo de dinero.
De eso han pasado ya tres meses. Vendió mi carro, la casa y algunas otras cosas más que eran mías. Un día simplemente encontré el resto de mis cosas en la entrada de la que solía ser nuestro hogar. Me fui entonces a vivir a casa de un amigo.
Ella, en su tristeza, no me dio ninguna explicación. Asumo que su corazón tan lindo necesitaba descanso después de tantas penas, pues por el Facebook me enteré que se había ido a Las Bahamas con un hombre que, según recuerdo, me lo presentó como su primo el día de nuestra boda. La familia siempre apoya en momentos difíciles como aquel que pasamos.

7 de agosto de 2011

Olivia

Como todo el mundo, tengo secretos. Sin embargo, hay ciertas partes de mi vida que no conocen más de cuatro personas. Son cosas que ahora veo con otros ojos y ya me siento en la libertad de contarles por la necesidad de abrirme un poquito más.

Pues bien, desde pequeño siempre he sido muy callado y tranquilo, hasta el bachillerato cuando conocí a Olivia, un alma totalmente diferente a la mia: era alegre, le encantaba bailar y cantar a todo pulmón. Tenía un corazón rebelde, además de una gran habilidad para el dibujo. Era delgadita, de nariz fina y ojos redondos y curiosos. Cuando estábamos por iniciar la universidad, y contra todo pronóstico y consejo, ella eligió estudiar ingeniería industrial. Eso, cuando le conté que yo estudiaría ingeniería en Sistemas... Sí, estudié mi primer año en Sistemas y luego me pasé a Industrial, pero ese es un secreto que ya muchas personas conocen. 

Pero bueno... el primer ciclo nos fue bien, sin mucho esfuerzo pasamos todas las materias. En el segundo ciclo constantemente me tocaba ir a casa de Olivia a estudiar; pasábamos horas enteras hablando tonteras y luego, unos minutos de estudio. Nuestra amistad se hizo muy estrecha durante ese tiempo. Lo interesante sucedió cuando, en un proyecto de una materia humanística, nos enviaron a un municipio de Cuscatlán y, quiso el destino, que ese día se estuvieran celebrando bodas colectivas de parte de la Alcaldía. Sólo eran necesarios los documentos de identidad de la pareja y un testigo. Nos enteramos que, por la tarde, el señor Alcalde invitaría a los recién casados a un almuerzo. Con Olivia sólo nos quedamos viendo y, sin mediar palabra, decidimos casarnos ese día para ser invitados al almuerzo del señor alcalde. Teníamos todo, incluso al testigo: Miguelito, un amigo que hicimos en el primer ciclo y que siempre nos seguía la corriente.
En fin, nos casamos y la gente se nos quedaba viendo, extrañados, y mas de alguno miraba con atención a Olivia, quizás pensando que ella y yo eramos tres.

En los días siguientes nuestra relación se hizo cada vez más profunda, a tal punto que su padre, un militar de la vieja línea, decidió enviar a Olivia a Estados Unidos. El viejo sabía muy bien de mi pensamiento de izquierda y jamás simpaticé con él por ello. 
Como la madre de Olivia era norteamericana, no fue muy difícil conseguir todos los papeles para su viaje en apenas un par de semanas. Sin embargo, a nosotros nos tocó correr con el proceso de anulación del matrimonio. Fue ahí donde entró la cuarta persona en conocer sobre el asunto de la boda: Lorena, una vecina de Olivia que trabajaba en el Registro y a quien solíamos frecuentar para hablar de fútbol.

Olivia se fue y a las pocas semanas me escribió para contarme una noticia que, aunque propio de ella, me dejó en blanco: había conocido a alguien y había decido casarse "formalmente". No fue fácil para mi digerir la noticia y tomé la decisión de olvidarme por completo de ella. Un par de correos sin contestar y Olivia entendió el mensaje.

Pasaron desde entonces unos seis años, hasta hace unos meses que recibí un correo de Olivia. Tantos años no pasan en vano y no dude en contestarle. Hemos mantenido desde entonces una buena comunicación, escribiéndonos una vez al mes. Su esposo es un peruano que se dedica a conducir camiones. Olivia, por su parte, trabaja en una oficina de diseño de interiores, además de cuidar a sus dos hijos. No tiene pensado regresar al país, hay demasiados recuerdos aún frescos. Sin embargo, me ha prometido que vendrá el día en que yo me case... de nuevo. Incluso dice que traerá a sus hijos: Alejandro, el menor, un pequeño con habilidades para el dibujo con apenas dos años; y el mayor, un niño de seis años muy callado y que lleva mi nombre.

30 de julio de 2011

El vendedor de sueños

'Venga, pase adelante, le tengo variedad de sueños' - decía un hombre mayor delgado en una venta de garage. Aunque estaba en mi ruta diaria, jamás había visto a aquel hombre.
Movido por la curiosidad, decidí entrar. Adentro pude ver cantidad de sueños, dispuestos en cajas de cartón colocadas en estantes de metal.
'¿Qué es esto' - pregunté señalando el montón de cajas. 
Estos - me dijo el hombre - son todos los sueños que acumulé durante toda mi vida. Ya no los necesito, a mi edad sería imposible siquiera pensar en alcanzar alguno de ellos.
Me explicó que los sueños estaban ordenados por áreas: laborales en una pequeña caja, familiares en un par, ideas varias regadas en cajas de diferentes tamaños. Sin embargo, llamó fuertemente mi atención que la mayor cantidad de cajas eran las que contenían sueños de amor. Revisé algunas cajas y puede encontrar discos, libros, poemas escritos en servilletas de papel. 'Todos son de una sola persona'- me dijo al hombre al verme interesado en esas cajas. 'Ha pasado ya bastante tiempo desde entonces, ya ni recuerdo su nombre'.
Decidí comprar un pequeño cuento escrito a mano en una hoja amarillenta; sin embargo, en el momento que comencé a leerlo, sentí una fuerte presión en el pecho. Era horrible. Escuché de la nada un risa dulce. Sentí una caricia en mi mano. Un vacío dentro de mi. Un sentimiento de incompletibilidad, si es que existe tal cosa. Fue una sensación extraña, insoportable tampoco quería dejarla...
Al fin, las palabras del hombre lograron sacarme de mi estado. 'Eso es justo lo que yo siento a cada momento'. Lágrimas rodaron por sus ojos arrugados. Yo no pude más y, dejando el cuento en cualquier lado, salí corriendo del lugar. 
Mientras iba caminando regresé a la normalidad poco a poco. Sin embargo, no podía sacar de mi cabeza aquel pequeño cuento: 'Venga, pase adelante, le tengo variedad de sueños' - decía un hombre mayor delgado...

27 de junio de 2011

El robo que nunca pasó

Le pondré la pistola en la cabeza y despacito le diré: "si le contás a alguien me regreso reventarte". Luego saldré corriendo por la puerta trasera. Esquivaré a las personas a mi paso, no sin antes escuchar a mis espaldas el correr de un par de policías obesos. Cruzaré a la izquierda en la calle de los chinos. Jadeando llegaré al edificio de las lavanderas. Correré unas cuadras. Luego reduciré el ritmo, calma. No llamar la atención, eso. Despacio, hasta el callejón oscuro. Encontraré un rincón oscuro y a esperar. Silencio. La nada.
De pronto aparecerán los policías gordos. La gente señalará y ellos seguirán sus dedos. Calmaré mi respiración. Ellos no tendrán más dedos que seguir. Se detendrán. Pasarán cerca. Yo, silencio. Estarán a dos centímetros de mi. Yo, silencio. Se mirarán entre ellos. Yo, silencio. Decidirán irse, a buscar más dedos. Yo, calma.
Sólo entonces me dirigiré a tu casa.
Me verás a la cara y me darás una bofetada. Que piense en mi hijo, que piense en mi madre. Sí, diré, pensé en ellos. Me señalarás la televisión donde veré a la mujer a la que le colocaré la pistola en la cabeza, hablando como cotorra. Soplona. Darán por mi una pequeña recompensa. Dejaré algo de dinero y me iré a casa de mi madre. Pero, a mitad de la noche, llegarán los policías obesos, siguiendo siempre algún dedo... sí, el tuyo.

Guardo la pistola y decido no salir esta noche. Porque te conozco. Porque me conozco. Maldita.

27 de abril de 2011

Confesiones o Carta nunca entregada o Carta sin final.

Querer explicarte esto es, para mí, como cuando escribo: sé a dónde quiero llegar pero me cuesta iniciar. Todo comenzó el año pasado, cuando cruzamos un par de palabras. De haber tenido oportunidad me hubiera quedado con vos toda la noche. Y todo ha girado en torno a eso: me gusta platicar con vos. Es por eso que para vos no hay 'estado' desconectado u ocupado en el MSN, tampoco hay noches unidas a madrugadas, o cosas en las que no pueda ayudarte, contarte o mandarte.
Pero en persona sé que soy otra cosa, me cuesta dejarme domesticar... no, me cuesta mostrarme domesticado. Sé que soy un signo de interrogación humano, una caja de sorpresas, un bolita escondida en uno de tres vasos. A veces con la mirada fría, a veces con la mirada distraída, a veces un hola... y hasta ahí.
Me gustaría contarte mis sueños, mis razones y mis olvidos. Lo feliz que soy con un poco de música o mi 'Táctica y estrategia' y que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto, por fin me necesites. O que sueño con un 'Rancho y un lucero', porque no hay nada mejor que un monte, un rancho, un lucero, cuando se tiene un "Te quiero"... 
Porque sos la razón de mis desvelos, de mis sueños y de mis sonrisas indiscretas.
Y sí me preguntas mis miedos, te responderé que sólo tengo uno, que es el que me atormenta el alma... que algo malo te llegase a pasar.

17 de enero de 2011

Amor en el Circo (II)

La figura se acercó un poco más y luego se abalanzó sobre Juno como una fiera salvaje a su presa. Fue entonces cuando, bajo la luz de la Luna, puso ver que no se trataba de la Domadora, sino de la Contorsionista. El payaso, hombre al fin, se entregó a ella.
A la mañana siguiente Juno sintió un ataque de culpabilidad tan grande que aquella noche, la última en que el Circo abriría su carapa, no asistió al acto de la Domadora. El payaso se metió a la tienda del dueño del Circo y robó su mejor whisky. Horas después, con la botella vacía a su lado y el maquillaje corrido, el payaso decidió ir a buscar a la Domadora y confesarle su amor.
Se acercó despacio y tambaleante a la tienda de la Domadora, sabía muy bien cual era: la más grande y aislada de todas. 
Juno se acercó un poco más y justo cuando estaba en la entrada escuchó una voz que lo invitaba a entrar, y así lo hizo. Pocos segundos después sintió como se abalanzaban sobre él como una presa...

Algunas horas después, mientras desarmaban las tiendas, encontraron el cuerpo del payaso. Un zarpazo le había abierto la garganta y, a pesar de ello, tenía una sonrisa dibujada en el rostro. 

Querer a alguien es un compromiso, en especial cuando se hace de forma anónima.

12 de enero de 2011

Amor en el Circo (I)

Se llamaba Juno y se dedicaba al oficio de payaso. Cada noche se encargaba de hacer reír a los visitantes del Circo pintándose la cara; sin embargo, bajo el maquillaje, moría un hombre enamorado. Y es que Juno estaba enamorado de la Domadora de leones del Circo, la encargada del acto principal de la noche. Ella era una mujer de pocas palabras, fría y enigmática: cuando estaba con los leones parecía que no necesitaba el látigo para hacerlos obedecer, sólo su mirada.
Cada noche, al terminar su acto, Juno se quitaba el maquillaje de la cara e iba a esconderse al fondo de la carpa desde donde podía ver a sus anchas a la Domadora, a quien, por su misma frialdad, nunca se había animado tan siquiera a saludar. Y así habían pasado los días, los meses y los años: una vida.
Un noche, luego del show, el dueño del circo los reunió a todos y les comunicó que ya no podía con las deudas y tendría que cerrar el negocio. Todos protestaron y renegaron al principio, sin embargo sabían muy bien que las cosas andaban mal desde hacía mucho tiempo.
Algunas horas después, mientras intentaba dormir, Juno vio una sombra acercarse a su tienda. La figura pertenecía definitivamente a la de una mujer, entonces, sin importarle la razonamiento alguno, pensó que era la Domadora.

7 de diciembre de 2010

Los amantes de Japón

 

Llegué sin saber que encontraría. O mejor dicho, a quién encontraría.
La conocí al chocar con ella abriendo la puerta de un baño. Hablaba un español perfecto, fluido, como una lengua natal.
Platicamos más de dos horas frente a ese baño, sin movernos.
Esa misma tarde caminamos sin sentido, sin tema especifico de conversación. Hablamos de la vida como quienes tienen años de compartirla. Le conté mis sueños y  mis temores. Ella lloró al contarme de su hermano fallecido. Yo reí al hablar de lo mucho que odiaba mi trabajo y a mi jefe.
Esa tarde Japón se nos hizo muy pequeño, deshabitado: sólo estaba ella y yo, los edificios enormes y el amor. Estuvimos hasta que el sol de Osaka se ocultó. Porque esa noche, en Japón, ella y yo nos convertimos en amantes.
Al día siguiente ella no amaneció en mis brazos. La busqué y no la encontré. Se había ido: sabía muy bien que los amantes que se conocen frente a una puerta, aunque sea la de un baño, están destinados a nunca estar juntos.
Desde entonces me detengo unos instantes antes de abrir una puerta recordando a los amantes de Japón.

7 de octubre de 2010

Diógenes frente al espejo

Fue una mañana, muy temprano. Como todos los días, yo registraba la basura de las casas de una colonia de gente adinerada. En esas bolsas era posible encontrar los mejores desperdicios. De pronto, al levantar la vista frente a una de las casas, me vi a mí mismo. Ahí estaba yo, con un traje, corbata y zapatos lustrados. El auto, brilloso color dorado. Logré ver dos niños pequeños y una mujer elegante, sonriente. Supe que, metido en aquel traje, también podía verme al otro lado, en la acera, con la cara poblada de barba, arrugas y cicatrices. Los ojos cansados, hundidos, y en la mano un saco con latas y otros cacharros.
Seguí mi camino, registré algunas bolsas más y me fui a una vieja construcción de un túnel, a recostarme dentro de unos de los enormes tubos de concreto. Pasé el resto del día y la noche allí.
Por la mañana, me despertó el ruido de unos pasos. De nuevo me vi, ya no con el traje elegante del día anterior pero siempre con ropa bastante pulcra. Puede verme a mi mismo acercarme al tonel, agacharse y preguntar con voz seca pero suplicante "¿qué es lo que quieres?", y agregó: "Lo que me pidas te daré". Y respondí con la misma voz seca, pero no suplicante: "Sólo te pediré que te apartes un poco que me tapas el sol".Y cerré los ojos. No era la respuesta esperada: pude escuchar mis pasos salir apresurados.

Algunos días después pasé de nuevo por la casa donde me había visto a mi mismo. Había mucho movimiento, ambulancias, policías y la mujer aquella elegante, ahora gritando. Era yo, acababa de morir.
Esa misma noche, avisado por los rumores, me acerqué a la funeraria donde me velaban. Había mucha y nadie notó mi presencia mientras me acercaba al ataúd. Me paré frente a la enorme caja dorada y pude ver mi doble imagen, gracias al espejo. Me quedé observándome un buen rato y de pronto, sonreí.

24 de septiembre de 2010

Ya no quiero andar con vos

La verdad es que no sé cómo decírselo. No estoy a favor de los cambios radicales, no me gustan; y este cambio en particular me ha puesto muy triste. Y es que andar con ella ha sido una de las cosas más lindas que me ha pasado. Por eso la tristeza. Pero ya no podemos seguir así. No.
Lo complicado es como decirle, como cortar. No quisiera hacerle daño. En realidad ella no tiene la culpa.
Podría decirle el típico 'no eres tú, soy yo', pero ella sabrá de cualquier forma que es por ella.
El 'debemos ver a otras personas' no es tampoco una solución.Yo no podría hacerlo ni ella tampoco. Aunque en realidad soy el único que, a la larga, podría hacerlo e incluso encontrar a alguien.
En fin, son sólo pretextos. A ella jamás he podido mentirle. 
El asunto es final ya, sin vuelta atrás, definitivo: eso de 'darse un tiempo' no cabe. De cualquier forma nunca he entendido eso. ¿Un tiempo para qué? ¿Hasta cuándo? Que me importa eso a mi ahora.
Creo que, a fuerza de ser sincero, lo que mejor aplica para nuestra situación es eso de 'yo no creo en las relaciones a distancia'. Pero en realidad es ridículo.
No hay otra alternativa, seré sincero y sin rodeos le diré: "Escucha, ya no quiero andar con vos. El motivo lo sabés mejor que nadie y no hay forma de que obviemos el asunto: estas muerta y esta relación ya no tiene futuro".

13 de mayo de 2010

#Twitterlove, #Twitterfail

#Yoconfieso que extraño tus tweets en mi TL...
No recuerdo exactamente cuando comenzamos a seguirnos, ni qué nos dijimos en nuestro primer tweet. Sí recuerdo, sin embargo, esa tarde, tarde con lluvia, cuando comenzamos hablando de lo mucho que llovía por aquí y de lo poco que lo hacía por allá. Terminamos muy entrada la noche pasándonos links de poemas de Neruda (puedo escribir los twets más tristes esta noche. Tuitear por ejemplo...)
Pasamos los días, contándonos nuestras aventuras, haciéndonos replies por cualquier cosa, marcando como favoritos todos nuestros tweets y alegrándonos con cualquier RT. Y así, nos convertimos en más que seguidores mutuos... ¡Ah, sí los DM fueran públicos!
Hasta creamos esa lista que únicamente nos incluía a vos y a mí. Y qué decir de aquel hashtag #Twitterfail para reírnos de las regadas del otro. Pasamos semanas enteras mostrándonos las imágenes de nuestras vida por el Twitpic y tu avatar se convirtió en la cosa más linda de mi TL. Eramos felices. Eramos.
Yo sólo quería pasar de los ciento cuarenta caracteres con vos pero me decías que no, que no era tiempo.
Te seguí insistiendo, te seguías negando. Incluso cambié mi bio mostrando mi deseo enorme de conocerte. Y vos cada vez más tuiteabas menos, me huías. Fue entonces que decidí enfrentarte, dejarme de juegos y ser totalmente directo, sin importar las consecuencias. Grave error. Pero quien busca la verdad corre el riesgo de encontrarla. Y yo la encontré... sin embargo, no hay verdad triste, sólo sin remedio.
Así que hoy, muy lejos de aquella tarde lluviosa, debo darte unfollow; pero antes quiero pedirte que le des saludos a tu esposo de mi parte.

10 de mayo de 2010

La mujer de la voz quedita

Quince segundos después de haberla conocido supe que ella sería la mujer de mi vida. Lo que yo no sabía era que a los diez minutos sería detenida por la policia y que pasaría los próximos cinco años en prisión, aparte de repetidas visitas en los próximos veinte, arrastrándome junto a ella dos de todos esos años... pero vamos por partes: aquella mañana de junio yo hacía fila frente a la embajada gringa en busca de un sueño. De pronto, una señorita se me acerca, se para mi lado y con voz quedita me pregunta la hora. Le respondí y, al hacerlo, pude ver sus ojos como un par de moneditas de chocolate. Ella, con la misma voz quedita, me dijo que me podía vender una visa, que no necesitaba estar haciendo fila, ni exámenes, ni tanto papeleo. Sólo me iba a costar dos mil colones. Sin más le dí todo el dinero que andaba con la promesa de entregarle el resto del dinero luego. Ella, boquiabierta, me pidió mi cédula amarillenta, me dijo que ya volvía y luego se perdió entre la multitud. Fue entonces cuando la agarraron. Le encontraron mucho más dinero del que yo le había dado, pero curiosamente el único documento que portaba, aparte del propio, era el mío, por lo que de inmediato me agarraron a mi también.
Fue hasta dos años después cuando, a falta de evidencia, me soltaron. Ella, con todos los dedos de la evidencia apuntándole, tuvo que pasar cinco años en la cárcel. En ese tiempo la visité cada semana y lo seguí haciendo en sus otras tres estadías para hacerle saber que quería casarme con ella.
Logré conseguir un trabajo, estabilizarme, tener cosas propias. Ella consiguió que no la mataran.
Justo un año antes de terminar su última condena, ella me pidió que no la visitara nunca más, que me buscara una buena mujer  y que me casara. Solo le hice caso en lo primero.
Sin embargo, al día siguiente de salir libre me buscó y me dijo: "vengo a casarme con usted, sí aún esta dispuesto a hacerlo". Ese mismo domingo nos casamos.
Han pasado los años y ella ha aprendido a sonreír. Nunca hemos mencionado las circunstancias en que nos conocimos ni mucho menos la razón por la que ella se quedó con mi cédula aquel día frente a la embajada gringa. 
Ella es feliz ahora, o al menos lo aparenta, porque ciertas noches puedo escucharla temblar mientras suda frío pidiéndome perdón con voz quedita.

5 de octubre de 2009

El Gabo, Obama, Coelho y yo

En tiempos de paz (es decir cuando la U lo permite), acostumbro leer bastante. Sin embargo, siento que cada vez estoy perdiendo más el hábito. Bueno, por una parte lo estoy sustituyendo: leo más en la compu o veo películas (de las buenas, las recomendables). Por otro lado, confieso que tengo un rimero de libros pendiente debido a que me he quedado "trabado" con el General en su laberinto. No ha resultado fácil leerlo a pesar de que es de uno de mis autores favoritos. Y como esta el ciclo, dudo mucho poder seguirlo hasta el próximo año. Pero, cosas de la vida, en cierta materia nos dejaron leer, como algo adicional, un libro de autoayuda que se llama "El método Obama". En lo personal no creo en este tipo de libros, me parecen enlatados. Es decir, ¡los planean tan bien, pero no conozco a nadie que haya cambiado su vida considerablemente después de leer uno de estos libros!
Ahora, regresando, debo decir que el libro que nos dejaron es una excepción, al menos eso me parece a mi. Habla de detalles de la vida de o de la forma de ser de Obama que contribuyeron a que él se convirtiera en la persona que es o que refleja ser. No son cosas del otro mundo: cómo tratar a la gente, cómo hablar en publico, la importancia de conocer la cultura mundial, el poder de una sonrisa o un abrazo, etc.
Pienso ahora en Coelho. Son historias tan lindas las que narra, te despiertan esa sensación tan especial, pero de eso a la vida... bueno, lleguemos hasta ahí.
Por eso creo que la literatura debe llevar al lector a vivir una experiencia, pero al mismo tiempo lo que escribimos debe tener criterio propio y no intentar quedar bien con todo el mundo que nos lee. Lo que escribimos debe tener personalidad. Por eso recalco hoy la diferencia entre la forma en que escribo una entrada y la que escribo un cuento. Odio cuando alguien viene a decirme cómo debo escribir un cuento. Digo, aprecio sugerencias, agradezco los puntos de vista, amo las críticas constructivas. Pero que me vengan a decir que debe llevar y cómo, es un privilegio mío. Y yo sólo me quedo a la espera de haber despertado en ustedes algo.

24 de junio de 2009

Coco sólo quería volar

A Coco encantaba hacer reír a los niños. Sin embargo, Coco quería volar. Desde pequeño, le gustaba mirar por horas a los trapecistas, verlos mecerse de una lado a otro, verlos volar por lo aires, verlos retar a la muerte. Pero él era un simple payaso. Así que, en sus ratos libres se ponía a practicar, se juntaba con los trapecista y estos le enseñaban sus técnicas y trucos. Al cabo de dos años, Coco se presentó ante el administrador del circo y le pidió ser parte del show de los trapecistas. El administrador, hombre rígido y cerrado, le dijo que iba a darle más tiempo para practicar. Pasaron los años y Coco siguió practicando y, también, se siguió presentando ante el administrador. Desgraciadamente, siempre había un pero: que la temporada estaba mala y lo necesitaba como payaso, que la carpa del circo estaba rota y no podía estrenarse así, que los trapecista no estaban de moda, que en la próxima función... y así pasaron los años. Coco se volvió viejo pero no perdió nunca el deseo de ser trapecista y seguía entrenándose e insistiendo al administrador. Un día, el hombre se cansó de las insistencias del payaso y le dio una oportunidad. Coco se puso contento. Esa misma noche dejaría de ser un simple payaso para convertirse en un trapecista, dueño de los aires. La carpa se lleno como nunca. Cuando el turno le llego, Coco estaba muy nervioso. Pero era su sueño de toda una vida, así que se armo de valor, subió por las escaleras y se para en la plataforma para dar su primer salto. Pero Coco era muy viejo ya y, al dar el salto, no pudo llegar al columpio y, entonces ocurrió lo peor...
Todos sus amigos se reunieron alrededor de su cuerpo sin vida, los domadores, los magos, los trapecistas y, por supuesto, los otros payasos. Todos sabían de la insistencia de Coco para convertirse en trapecista y, sabían también, de la negativa del administrador. Para ellos no había duda: la burocracia del circo había matado a Coco.

25 de mayo de 2009

Cuento Urbano: EL SECRETO EN LA MIRADA

Cuando la mujer se subió al autobus, de inmediato me cautivo con su belleza: su piel mestiza y sus ojos color miel, sus movimientos delicados, su figura perfecta y su sonrisa.
Más, sin embargo, lo que más llamó mi atención fue su mirada que invitaba a verla, a perderse en ella. Detrás había un poco de picardía, pero, sí se le miraba con mucha atención, había algo que muy pocas personas pueden esconder tan bien, y mucho menos leer: sufrimiento.
Ella notó que la observaba y me regalo una sonrisa. Sin embargo, tras ésta había un mensaje, algo así como no sabes en lo que te quieres meter; y, antes que yo pudiera reaccionar, la mujer indicó al conductor que había llegado a su destino. Sólo entonces lo comprendí todo: el autobus paró justo frente a un prostíbulo y ella se dirigió a comenzar otra noche de trabajo.

9 de Octubre de 2008

18 de marzo de 2009

A mi Unicornio Azul

Tengo que aceptarlo, somos diferentes. Vos tenés tu carrera, tu mundo, tu novio y tu futuro. Yo tengo una inspiración que me ataca cuando le da la gana, mi optimismo exagerado, mi carrera que no quiere salir aún estando en el final, mi necedad y mi blog. Los años han pasado y nada. El destino ha jugado en contra, de mi por supuesto. Para vos nunca he sido más que un actor de fondo en el teatro de tu vida. Y no te culpo. Es natural mi falta de protagonismo en la vida de los demás.
Pero ayer, como otras veces, se presento otra oportunidad. Presione al destino. Use todas mis fuerzas, toda mi necedad. Y al final de la noche gano él.
Pero, ¿sabes qué? No fue en vano, porque esta mañana, junto con mi mala memoria, el destino ayudó a que algo pasara. No fué nada. Dos segundo. Pero mis nervios no me traicionaron. Y eso ya es decir mucho.
Ahora, sé que un nuevo encuentro no será mañana. Pero ya hay un precedente. Y eso vale. Al manos para mi. Pero mejor, aún no tengo nada que ofrecerte más que una inspiración que me ataca cuando le da la gana, mi optimismo exagerado, mi carrera que no quiere salir aún estando en el final, mi necedad y mi blog...
¡Ah! Hay algo más...
♫ ...pero no tengo más que un unicornio azul...
PD: nos vemos cuando el destino quiera. Espero que esta vez no haya que presionarlo tanto.