13 de agosto de 2011

Ódiame

Quiero pedirte que me odies.
Que no soportés el sólo recuerdo de mi nombre, de mis palabras, de lo que nunca dije o alcancé a decir.
Que sintás asco de aquella canción que escuchamos la noche en que sólo fuimos vos y yo.
Que borrés de tu recuerdo el final de aquella película en el que el bueno acaba junto con la chica y son felices.

Quiero dejar de existir para vos.
Ser sólo un recuerdo de esos que es preferible olvidar.
Borrá mi número de teléfono y la memoria de aquellas llamadas largas.
Tirá a la basura mis cartas o que ardan en el fuego.

Ódiame, mírame con desprecio.
No volvás a dirigirme la palabra  ni a leer otro poema de Neruda.
Que la Luna sea sólo un satélite de nuevo y las gotas de Lluvia, agua que cae del cielo.
Y el Mar... nada más eso, mar.

Ódiame, olvídate de mi, hazme ese último favor.
Sácame de tu vida porque yo, amor, no puedo.

11 de agosto de 2011

¿Por qué leemos?

Fui el primero de mi clase en comenzar a leer, desde entonces le he sentido buen gusto. Aún recuerdo el primer libro que leí, "El mono imitamonos". De vez en cuando me lo encuentro al ordenar mis cosas.
Conforme pasaron los años seguí leyendo bastante, incluso hubo una época que cada vienes iba a la biblioteca del colegio y prestaba un libro. Eran libros de todo tipo, como "El bandido Saltodemata" o Heidi. A los doce años leí los mejores libros de toda mi vida, los cuales han tenido una repercusión tan profunda, en especial porque dos de ellos no eran para mi edad.
El primero, "El Principito". Lo leí en unos tres días, pero ha dejado huella en como voy viendo/ descubriendo el mundo. El otro, y fue el primero que leí del Gabo, "El coronel no tiene quien le escriba". Por aquellos días no era muy aficionado a las matemáticas, eran un dolor de cabeza. Fue entonces que encontré "El hombre que calculaba". Jamás me imaginé como cambiaría mi vida, sobre todo tomando en cuenta que ya casi soy ingeniero con cartón.
Gracias a un tío he logrado leer todo tipo de libros desde aquellos años, como por ejemplo: Hijos de nuestro barrio, La historia interminable, Del amor y otros demonios, Los versos satánicos... No puedo dejar de mencionar El cuarteto de Alejandría y un libro que me abrió la mente,  El mundo de Sofía.
Conforme fui avanzando en la U, por desgracia, fui perdiendo el hábito. De esos tiempo recuerdo Eva Luna, El diario del Che en Bolivia y Memorias de una Geisha.
Ahora estoy intentado retomar el hábito con un librito de narraciones de Borges. Aún tengo una deuda pendiente con la literatura nacional. En la lista de espera esta Un día en la vida.
Pero, al recordar todos estos años de lecturas, casi 20, me pregunto la razón que nos lleva a tomar un libro y, sin importar la velocidad, leerlo página a página. ¿Cómo logramos meternos en ese mundo (o mundos) y recrearlos en cada hoja leída? 
Algo nos atrae a un libro, en definitiva, quizá alguna recomendación, el titulo, el autor o incluso la tapa del mismo. Pero algo nos mueve a seguir leyendo, a sonreír cada vez que abrimos el libro y nos sumergimos en él. O a veces ni siquiera es una sonrisa... hay sufrimiento, dolor... toda una gama de sentimientos. 
¿Qué sera? ¿Me lo pueden ustedes decir?

9 de agosto de 2011

¿Por qué escribimos?

Comencé a escribir  algunas tonteras cuando tenía unos trece años, mi primer cuento lo terminé a los 18, este blog lo abrí hace casi cuatro años... llevo algún tiempo en este oficio, pero he comenzado a preguntarme qué me mueve a hacerlo, o mejor, qué nos mueve, porque somos muchos quienes nos dedicamos a ello.
Quitando la calidad de mi descuidada redacción, debo decir que me siento cómodo haciendo esto. Lo triste es cuando, por un motivo u otro, no lo puedo hacer. Se siente algo en el interior, algo que desea salir, convertirse letras, palabras, oraciones... Sospecho que ha de ser lo mismo que siente un pintor sin un lienzo.
Y el poder que tienen estas cosas es increíble. Tengo un par de cosas, ya terminadas, que no me atrevo a publicar. Llevan así más de un año. Una es una párrafo y la otra apenas una oración. Pero su peso no radica en su tamaño, sino en lo que que representan, en la fuerza que guardan. Cabe mencionar que las dos están dedicadas/ inspiradas en la misma persona.
Conozco gente que escribe para ser leídos, una cuestión en apariencia lógica. Pero, ¿qué sucede si nadie los lee? Simple, dejan de escribir. Al estar pendientes de sí otras personas nos leen, el oficio pierde su gracia, ya no escribimos para satisfacernos, sino para satisfacer a los demás.
Detonantes para escribir hay muchos y dependen de cada quien: en mi caso una mirada basta. Pero también sucede que ciertas cosas nos dejan en blanco: recuerdo hace un año, cuando murió mi abuelito, pasé algún tiempo sin escribir, y no es que no pudiera hacerlo, simplemente era demasiado.
Leí en algún lado que lo que nos motiva a escribir son los daimons, nuestros demonios: "Cuando vuestro daimon lleve el timón, no tratéis de pensar conscientemente. Id a la deriva, esperad y obedeced".Quizás por eso, cuando algo nos inspira, debemos escribirlo en el momento, aunque sea en una servilleta, para que no se pierda para siempre en el olvido eso que quiere salir a la luz. Sí, por lo visto los daimons son caprichosos y algo resentidos.
No sé en realidad qué motiva a escribir, hay tantas cosas, lo único que puedo aconsejarles es que cuando les asalte la inspiración, aprovechen para escribir sin pensar en los demás. Si luego no lo quieren mostrar a nadie, es decisión propia. Lo importante es que no dejen morir sus ideas.

7 de agosto de 2011

Olivia

Como todo el mundo, tengo secretos. Sin embargo, hay ciertas partes de mi vida que no conocen más de cuatro personas. Son cosas que ahora veo con otros ojos y ya me siento en la libertad de contarles por la necesidad de abrirme un poquito más.

Pues bien, desde pequeño siempre he sido muy callado y tranquilo, hasta el bachillerato cuando conocí a Olivia, un alma totalmente diferente a la mia: era alegre, le encantaba bailar y cantar a todo pulmón. Tenía un corazón rebelde, además de una gran habilidad para el dibujo. Era delgadita, de nariz fina y ojos redondos y curiosos. Cuando estábamos por iniciar la universidad, y contra todo pronóstico y consejo, ella eligió estudiar ingeniería industrial. Eso, cuando le conté que yo estudiaría ingeniería en Sistemas... Sí, estudié mi primer año en Sistemas y luego me pasé a Industrial, pero ese es un secreto que ya muchas personas conocen. 

Pero bueno... el primer ciclo nos fue bien, sin mucho esfuerzo pasamos todas las materias. En el segundo ciclo constantemente me tocaba ir a casa de Olivia a estudiar; pasábamos horas enteras hablando tonteras y luego, unos minutos de estudio. Nuestra amistad se hizo muy estrecha durante ese tiempo. Lo interesante sucedió cuando, en un proyecto de una materia humanística, nos enviaron a un municipio de Cuscatlán y, quiso el destino, que ese día se estuvieran celebrando bodas colectivas de parte de la Alcaldía. Sólo eran necesarios los documentos de identidad de la pareja y un testigo. Nos enteramos que, por la tarde, el señor Alcalde invitaría a los recién casados a un almuerzo. Con Olivia sólo nos quedamos viendo y, sin mediar palabra, decidimos casarnos ese día para ser invitados al almuerzo del señor alcalde. Teníamos todo, incluso al testigo: Miguelito, un amigo que hicimos en el primer ciclo y que siempre nos seguía la corriente.
En fin, nos casamos y la gente se nos quedaba viendo, extrañados, y mas de alguno miraba con atención a Olivia, quizás pensando que ella y yo eramos tres.

En los días siguientes nuestra relación se hizo cada vez más profunda, a tal punto que su padre, un militar de la vieja línea, decidió enviar a Olivia a Estados Unidos. El viejo sabía muy bien de mi pensamiento de izquierda y jamás simpaticé con él por ello. 
Como la madre de Olivia era norteamericana, no fue muy difícil conseguir todos los papeles para su viaje en apenas un par de semanas. Sin embargo, a nosotros nos tocó correr con el proceso de anulación del matrimonio. Fue ahí donde entró la cuarta persona en conocer sobre el asunto de la boda: Lorena, una vecina de Olivia que trabajaba en el Registro y a quien solíamos frecuentar para hablar de fútbol.

Olivia se fue y a las pocas semanas me escribió para contarme una noticia que, aunque propio de ella, me dejó en blanco: había conocido a alguien y había decido casarse "formalmente". No fue fácil para mi digerir la noticia y tomé la decisión de olvidarme por completo de ella. Un par de correos sin contestar y Olivia entendió el mensaje.

Pasaron desde entonces unos seis años, hasta hace unos meses que recibí un correo de Olivia. Tantos años no pasan en vano y no dude en contestarle. Hemos mantenido desde entonces una buena comunicación, escribiéndonos una vez al mes. Su esposo es un peruano que se dedica a conducir camiones. Olivia, por su parte, trabaja en una oficina de diseño de interiores, además de cuidar a sus dos hijos. No tiene pensado regresar al país, hay demasiados recuerdos aún frescos. Sin embargo, me ha prometido que vendrá el día en que yo me case... de nuevo. Incluso dice que traerá a sus hijos: Alejandro, el menor, un pequeño con habilidades para el dibujo con apenas dos años; y el mayor, un niño de seis años muy callado y que lleva mi nombre.

31 de julio de 2011

Lo que aprendés después del adiós

Siempre trato de aprender algo, aunque sea una cosa, de las personas; eso me ayuda a descubrir que no hay nadie completamente malo. En poquísimas ocasiones me ha pasado que aprendo o descubro algo después que el tiempo ha pasado y ya no puedo estar al lado de alguien. Eso me pasó con mi abuelito. Hoy, hace exactamente un año, falleció.
El tiempo ha sido bondadoso y no ha permitido que borremos su memoria, al contrario. Lo recuerdo jovial, con bromitas inocentes. En este año he deambulado por su casa en diferentes ocasiones, sin encontrar un sólo libro de su propiedad. He aprendido que los libros o los estudios no dan la felicidad, sino que hay que encontrar algo que nos guste y hacerlo bien. No digo que no hay que prepararse, sino que no debemos fundamentar nuestra felicidad en lo que sabemos.
¿Saben algo? Fui la última persona que llevó a mi abuelo a una iglesia. Fue el día del padre del año pasado, algunos días después su salud comenzó a decaer. Recuerdo que llegué 10 minutos después de la hora pactada, y él ya llevaba un buen rato esperándome. Era curioso como, a pesar de no tener nada qué hacer, se levantaba siempre a las 5 a.m. Ahora lo veo como un corredor listo para una competencia en la línea de salida: simplemente no se aguanta por salir.
Mi abuelito pasó una semana en el hospital luchando por su vida. Lo hizo siempre, desde pequeño; y lo siguió haciendo hasta el último día. Una semana, a su edad. Una semana, con un cuadro complicadisímo. Exactamente una semana desde que se puso mal y lo llevaron al hospital, hasta los momentos en que, rodado por médicos, respiró por ultima vez.
Fue una persona honrada, estricta, padre responsable, algo querendón (como él mismo lo dijo una vez), devoto e ingenioso en toda la amplitud de la palabra. Tengo algunas cosas de él, por herencia; las tendré, por lo que pueda ir desenterrando en el tiempo.
*Es curioso como trabaja la nostalgia: el viernes por la noche me invadió una tristeza tremenda, sin aparente explicación. Culpe al clima. Sin embargo, ayer, sábado, seguía igual, hasta la tarde en que unas lágrimas se me escaparon y ¡pum! caí en la cuenta...

30 de julio de 2011

El vendedor de sueños

'Venga, pase adelante, le tengo variedad de sueños' - decía un hombre mayor delgado en una venta de garage. Aunque estaba en mi ruta diaria, jamás había visto a aquel hombre.
Movido por la curiosidad, decidí entrar. Adentro pude ver cantidad de sueños, dispuestos en cajas de cartón colocadas en estantes de metal.
'¿Qué es esto' - pregunté señalando el montón de cajas. 
Estos - me dijo el hombre - son todos los sueños que acumulé durante toda mi vida. Ya no los necesito, a mi edad sería imposible siquiera pensar en alcanzar alguno de ellos.
Me explicó que los sueños estaban ordenados por áreas: laborales en una pequeña caja, familiares en un par, ideas varias regadas en cajas de diferentes tamaños. Sin embargo, llamó fuertemente mi atención que la mayor cantidad de cajas eran las que contenían sueños de amor. Revisé algunas cajas y puede encontrar discos, libros, poemas escritos en servilletas de papel. 'Todos son de una sola persona'- me dijo al hombre al verme interesado en esas cajas. 'Ha pasado ya bastante tiempo desde entonces, ya ni recuerdo su nombre'.
Decidí comprar un pequeño cuento escrito a mano en una hoja amarillenta; sin embargo, en el momento que comencé a leerlo, sentí una fuerte presión en el pecho. Era horrible. Escuché de la nada un risa dulce. Sentí una caricia en mi mano. Un vacío dentro de mi. Un sentimiento de incompletibilidad, si es que existe tal cosa. Fue una sensación extraña, insoportable tampoco quería dejarla...
Al fin, las palabras del hombre lograron sacarme de mi estado. 'Eso es justo lo que yo siento a cada momento'. Lágrimas rodaron por sus ojos arrugados. Yo no pude más y, dejando el cuento en cualquier lado, salí corriendo del lugar. 
Mientras iba caminando regresé a la normalidad poco a poco. Sin embargo, no podía sacar de mi cabeza aquel pequeño cuento: 'Venga, pase adelante, le tengo variedad de sueños' - decía un hombre mayor delgado...